A finales de noviembre se produjo el robo de obras de arte contemporáneo más importante jamás ocurrido en España. Más de una treintena de trabajos realizados en diversas técnicas y por diferentes autores, entre los cuales cabe citar a Pablo Pica sso, Eduardo Chillida, Fernando Botero o Antonio Saura, desaparecieron inmediatamente después de ser transportadas desde la ciudad alemana de Colonia a Madrid. Las obras pertenecían a seis galerías de arte distintas de Madrid y Barcelona.
Su desaparición tuvo lugar en los mismos almacenes de la empresa encargada del transporte y custodia de los trabajos. Los tres encapuchados que las sustrajeron no encontraron grandes dificultades en su tarea: era sábado y no había guarda. No hizo falta más que forzar la entrada de la nave de la empresa transportista, donde había sido aparcado el furgón a su regreso de Colonia, al que habían dejado con las llaves puestas y su artístico botín en el interior, un botín valorado en cinco millones de euros, no asegurado en su totalidad. Sin embargo, al cabo de tres semanas la policía recuperó las obras robadas, aunque sin haber localizado a los ladrones. El final del gran robo tuvo, pues, un desenlace feliz, pues se trataba de unos rateros que simplemente aprovecharon la ocasión, sin conocer la forma de explotar comercialmente el botín.
Durante días, antes de que el caso se resolviera, se especuló con que se trataba de un robo organizado en Alemania por una banda profesional del este de Europa en combinación con otro grupo de delincuentes afincado en España. Las obras habrían cruzado ya el Atlántico y deberían estar en Estados Unidos o quizá aún más lejos, en Japón, según el parecer de algunos "expertos" en robos de obras de arte. Pocas esperanzas había de dar con ellas, sobre todo cuando estadísticamente no se alcanza a resolver ni el 15% de los robos de arte internacionales.
Se volvió la mirada a anteriores robos sonados, como el que sufrió la empresaria Esther Koplowitz en su domicilio de Madrid en agosto de 2001, cuando tres delincuentes -uno de ellos guarda de seguridad de la casa- se hicieron con obras de Brueghel, Goya, Pisarro, Anglada Camarasa, Sorolla, Solana, etc. de su colección. Los ladrones, convertidos en traficantes de obras de arte de ocasión, cayeron rápidamente en manos de la policía al cometer los errores fatales que siempre cometen los que desconocen el funcionamiento del mercado del arte.
También salió a colación el caso de la obra El grito, de Edvard Munch, robada del Museo de Oslo dos veces en menos de diez años. Se citó de nuevo la nota que se permitieron dejar los ladrones en el primer robo: "Gracias por la falta de seguridad". También se comentó el robo del año en el Museo de Arte Moderno de París, que ocurrió también por un fallo en el protocolo de seguridad que permitió que los ladrones se llevaran con total tranquilidad obras de Braque, Léger, Matisse, Modigliani y Picasso.
Las imágenes grabadas en vídeo del robo perpetrado en 2008 en el MASP de São Paulo, que muestran cómo los ladrones se llevan corriendo en una bolsa, en pleno día, dos cuadros -uno de ellos de Picasso-, con marco incluido, ponen de manifiesto lo poco que disuaden las cámaras de seguridad y la vulnerabilidad de las grandes obras de arte que cuelgan en los museos.
Así pues, la deficiencia en los sistemas de seguridad es la condición necesaria para que se produzca un robo por parte de unos ladrones ocasionales, que casi siempre acaban cayendo en manos de la policía por su ingenuidad acerca del modo de comercializar el arte. Pero en el caso del robo del furgón de Madrid lo que nadie podía imaginar es que la ocasión ideal para los ladrones la ofreciera el propio "especialista" en el transporte de obras de arte. Menos aun podía nadie haber conjeturado que los ladrones eran de tan bajo nivel que podía ocurrírseles vender una escultura de Chillida "al peso" a un chatarrero de Getafe, el mismo pueblo en el que se cometió el robo.
Scrap metal theft
In late November, Spain witnessed its biggest ever theft of contemporary artworks. Over thirty pieces, comprising different techniques and a range authors, including Pablo Picasso, Eduardo Chillida, Fernando Botero and Antonio Saura, disappeared immediately after being brought from the German city of Cologne to Madrid. The artworks were owned by six different art galleries from Madrid and Barcelona. They disappeared from warehouses owned by the haulage company hired to transport and safeguard the artworks. The three hooded robbers broke in easily: it was a Saturday and the security guard was off duty. All they had to do was force the door to the haulage company's warehouse, where the lorry had been parked after returning from Cologne. It had been left with the keys in the ignition and a cargo of artistic booty, an artistic booty with an estimated value of five million Euros, some of which was not insured. However, the police managed to retrieve the stolen artworks three weeks later, although the thieves were not captured. Fortunately, the heist had a happy ending, since the artworks were seemingly stolen by petty thieves that simply took advantage of the occasion, but did not know how to exploit their loot.
For days, before the case was solved, speculations favoured theories about the heist being planned in Germany by a professional criminal group from Eastern Europe working with another group based in Spain. The works were thought to have crossed the Atlantic and be in the United States or in Japan, even, according to "experts" in stolen artworks. There was not much hope in finding them, particularly given that according to the statistics, not even 15% of stolen international artworks are retrieved. Other notorious robberies were remembered, including the theft of entrepreneur Esther Koplowitz's home in Madrid in August 2001, when three delinquents -one of whom was her security guard- did away with artworks by Brueghel, Goya, Pisarro, Anglada Camarasa, Sorolla, Solana, etc. from her collection. The robbers-cum-occasional art dealers were rapidly captured by the police for making the fatal errors that are always made by amateurs who are unaware of the dealings of the art market.
The case of Edvard Munch's The Scream also came to mind. It was stolen from the Museum in Oslo twice in less than ten years. The robbers even left a note during the first heist: "Thanks for the poor security." A hiccup in the security protocol at the Museum of Modern Art in Paris also allowed for the theft of the year, when robbers easily took off with pieces by Braque, Léger, Matisse, Modigliani and Picasso.
The video recordings of the robbery carried out in 2008 in the São Paulo MASP, showing bandits running off with a bag containing two canvases -one by Picasso-, frame and all, in broad daylight. These examples prove the scarce effect of CCTV cameras and show how vulnerable artworks are in museums.