Siempre se ha creído que lo único que queda después de una exposición es su catálogo, pero esto constituye una verdad relativa. Quienes solemos visitar numerosas exposiciones y recibimos también sus catálogos con regularidad podemos afirmar que el catálogo casi nunca responde a la realidad de lo mostrado.
Un catálogo puede contextualizar las obras de una exposición para aquellos que no la vieron; es una fuente documental. Pero al editar un catálogo de exposición lo que se busca normalmente es trascender, aumentar el prestigio de aquello que se expone o de aquel artista al que se dedicó lo muestra, y también el prestigio de quien lo edita.
Desde hace unos años, el catálogo de arte ha perdido relevancia, al igual que en su día la perdió el cartel como forma de anunciar exposiciones. En el ámbito de las galerías de arte, el catálogo de exposición ha desaparecido casi totalmente en beneficio del pequeño folleto o la simple hoja informativa. El fenómeno se inició con anterioridad a la crisis de 1992 y no es fruto, por tanto, de la irrupción de las nuevas tecnologías y de la comunicación online.
En ese mismo año 1992, la edición institucional, es decir, la producción editorial de las instituciones públicas, alcanzaba un porcentaje superior al 20 por ciento respecto del total de la producción editorial española. Ese extraordinario porcentaje, que incluía todo lo publicado por la administración en el ámbito local, autonómico o estatal, ha ido descendiendo desde entonces para situarse en la actualidad en prácticamente la mitad.
Paradójicamente -el mundo del arte se comporta siempre de forma sorprendente-, es a partir de los años noventa cuando crece la publicación de catálogos de arte editados por las instituciones culturales públicas. Los museos y centros culturales comenzaron la edición de catálogos de todas sus exposiciones sin reparar en su importancia o en su necesidad, de modo que ya la celebración de una muestra que no tenga su correspondiente catálogo resulta una excepción.
Esos catálogos comparten una misma estructura. Son siempre de gran formato y se realizan con papel de alta calidad, de gran gramaje, para que el volumen resulte lo más pesado posible. Su estructura interna es característica: una presentación institucional -que celebra la oportunidad de la exposición temática o del necesario reconocimiento del artista de turno- seguida de algunos textos explicativos que intentan teorizar sobre lo mostrado, las versiones traducidas de esos textos, las numerosas fotografías de las obras -no siempre bien catalogadas- y, para concluir, un sucinta bibliografía y las biografías de los artistas participantes en la exposición, enmarcado todo ello en un diseño convencional -rutinario- que distingue estos catálogos de los libros de arte ricamente ilustrados.
El resultado es un encarecimiento de la exposición debido al despilfarro en los costes de edición del catálogo, no siempre debidamente desglosados en la contabilidad de la institución. A esto acompaña una distribución ineficaz de ese peculiar producto editorial y el consiguiente colapso de los almacenes de las instituciones, que es adonde van a parar esas publicaciones que se consideran tan importantes para dar a conocer la exposición. El catálogo de arte suele, pues, convertirse en este país en un libro invendible, a pesar de que su precio se fija por debajo de lo que exige el mercado para una producción tan cara, todo con el fin de intentar acercarlo al gran público. Habrá que ver si con la crisis que atravesamos los promotores de la edición institucional, sufragada por los fondos públicos, dejan de una vez por todas de disparar con la pólvora del rey.
Institutional squandering
It is believed that the only element that lives on after an exhibition is the catalogue, but that is a somewhat relative truth. Those of us who attend numerous shows and regularly receive catalogues can comment that the catalogue hardly ever responds to the reality on show. A catalogue can contextualise the showcased artworks for the people who did not see the exhibition; it is a documentary source. However, show catalogues usually hope to transcend, to increase the prestige of the works on show or the figure of the artist on show, and the prestige of the publishing house involved.
For some years now, the art catalogue has lost relevance, as occurred previously to the exhibition poster. In the art gallery sphere, exhibition catalogues have disappeared almost entirely in favour of small leaflets or a simple sheet of information. The phenomenon appeared before the 1992 crisis and is, therefore, unrelated to the emergence of new technologies and online communication. That same year, 1992, institutional publishing, i.e. publications released by public institutions, amounted to over 20 percent of the total percentage of publishing in Spain. That extraordinary percentage, which included everything published by the government on a local, regional and State level, has decreased since then and nowadays stands at almost half that figure.
Paradoxically -the art world is always surprising-, art catalogues published by public cultural institutions started booming as of the 1990s. Museums and cultural centres started publishing catalogues for all their shows, regardless of their relevance or need, to the point that a show without its corresponding catalogue would stand as the exception to the rule.
All these catalogues share the same structure. They are always large format, printed on quality, heavy weight paper, making the book as heavy as possible. The internal structure is always the same: institutional introduction -celebrating the opportunity to stage the thematic show or to recognise the artist of the day- followed by explanatory texts that attempt to theorise on the art on show, translated versions of these texts, plentiful photographs of the artworks -not always properly catalogued- and, rounding the publication off, a succinct bibliography and biographies of the artists taking part in the show, all framed with a conventional -monotonous- design that distinguishes these catalogues from heavily illustrated art books.
As a result, there is an increase in the cost of the exhibition due to publishing expenditure, which are not always broken down in the institution's accounting. This is accompanied by an inefficient distribution of this peculiar editorial product and the consequent collapse of the institution's warehouses, which accommodate all the publications that they believe are so important to publicize the show. Thus, in this country, the art catalogue ends up becoming an unsellable book, regardless of going for below-the-market prices, all with a view to making these publications available to the general public. Let's see if the crisis makes the promoters of institutional publishing, defrayed by public financing, stop all this squandering once and for all.