Son muchas las artistas que, a lo largo de la historia de la cultura en Occidente, han producido obras cuya conservación y recuerdo ha tenido lugar en los márgenes del corpus canónico, de patrimonio eminentemente masculino. Se puede citar una notable cantidad de pintoras, cuyos nombres no han pasado a formar parte del conjunto de los autores "básicos" de referencia, pese a que muchos de sus cuadros cuelguen de los museos más importantes del mundo.
Es llamativo el hecho de que, para entender la producción de las artistas, siempre sea necesario acompañar la reseña de sus obras de una amplia nota biográfica, la cual a menudo tiende a situar en un segundo plano la obra en sí. El resultado de esta tendencia es que son las artistas, y no sus obras, las que se convierten en producto de contemplación y "consumo". En el caso de Frida Kahlo, incluso los libros estrictamente pictóricos se convierten en resúmenes de su vida, explicada desde una dinámica de emociones extremas -dolor y amor; vida y muerte; voluntad y derrota- que poco aportan al análisis y valoración artística de su pintura. El motivo de esta falta de rigor en el estudio de sus obras se debe, sin lugar a dudas, a la dificultad para comprenderlas.
El ojo del crítico está formado en una exégesis fuertemente masculina, cuyo aparato teórico y entrenamiento práctico se reduce a un universo masculino: a su visión como sujeto de producción y, posteriormente, como sujeto de contemplación.
La obra de Frida Kahlo no es una excepción, si bien su proximidad en el tiempo (vivió hasta hace apenas cincuenta y un años) le ha brindado la ventaja de no haber llegado a caer en el gueto de la pintura "femenina". Con todo, hay una diferencia radical en el tratamiento de su obra con respecto al de la obra de Diego Rivera, su marido: al hablar de éste, sólo se le adscribe a un movimiento político y artístico; en cambio, al referirse a ella, el crítico se siente impelido a explicar las dramáticas circunstancias de su biografía, dejando en un terreno secundario el comentario de su obra.
La aprendiza y sus maestros
El primer enigma que asalta al estudioso del arte cuando se centra en la obra de Frida Kahlo no difiere del que surge acerca de muchas artistas que la precedieron: ¿cómo esta mujer (en su caso mexicana, en las primeras décadas del siglo XX) aprendió a pintar? La respuesta tampoco difiere de las de otras: aprendió de su padre (fotógrafo y pintor aficionado) y de su marido
[ 1 ] .
Ciertos hechos ocurridos en su etapa infantil produjeron en ella un sentimiento de diferencia con respecto a las demás niñas, incluidas sus propias hermanas. Hija de un matrimonio
mixto , de mexicana y alemán, Frida fue la única en heredar un nombre extranjero (
Friede -paz). Además, la poliomelitis contraída a los seis años le dejó una secuela física que la marginó a ojos de los otros niños y que, a cambio, la puso bajo la protección y aliento paternos, mucho más voluntariosos y creativos que la esfera doméstica materna. La niña creció bajo la "confusión" de ser el
heredero del legado del padre: "mis juguetes eran los de un muchacho: patinetes, bicicletas"
[ 2 ] , y no sorprende que en sus años de preparatoria su grupo de amigos estuviese compuesto sobre todo por chicos. Su tendencia a comportarse y buscar la apariencia de un "marimacho" la llevó en varias ocasiones a cortarse el pelo y lucir vestidos de hombre
[ 3 ] .
Consta que su padre le decía: "Frida , lieber
Frieda", donde la "r" de lieber
indica género masculino
[ 4 ] . Guillermo Kahlo a menudo comentaba que Frida era la más inteligente de sus hijas y la que más se parecía a él. En el pasaje que se cita a continuación, destaca el curioso sentimiento de fraternidad con que se refiere a su padre: "Como tenía que pasar tanto tiempo en la cama (a consecuencia de la polio), aproveché la ocasión para pedírsela (la caja de pinturas) a mi padre. Como un niño, a quien se le quita un juguete para dárselo a un hermano enfermo, me la
prestó "
[ 5 ] .
Este error en la comprensión de su condición verdadera de mujer le causarían en la edad adulta serios problemas de adaptación ante su familia y ante la sociedad. Hayden Herrera habla de que en Frida se aprecia una "conciencia exacerbada de la discrepancia entre el mundo interior, el del ensueño, y el exterior, del intercambio social"
[ 6 ] . Con este comentario, Herrera alude a la división tradicional entre el ámbito privado de la casa, netamente femenino, y el resto del mundo, social y masculino.
La suerte que tuvo Frida como artista fue que sus "profesores" no actuaron como maestros a los que imitar, sino como guas a los que emular en sentido general, pero no en lo concreto. Diego Rivera se abstuvo de enseñarla -"Tu voluntad tiene que llevarte a tu propia expresión"
[ 7 ] -, puesto que en la pintura de ella creía ver una mirada que no había llegado a ser corrompida por la cultura: "Todas las experiencias profundamente son sentidas por ella, pues la sensibilidad de su organismo no se ha embotado por un esfuerzo excesivo en áreas que desintegrarían esas facultades innatas"
[ 8 ] .
Carente de entrenamiento en la pintura clásica, procediendo de un país en el que el sustrato cultural estaba muy alejado de la influencia del canon pictórico europeo, y sin una explícita formación teórica ("Nunca he seguido una escuela ni la influencia de alguien"
[ 9 ] ), su aproximación a la realidad tiene lugar desde la misma necesidad psicológica que la obligó a pintar. Las obras de Frida Kahlo destacan no tanto por su pericia técnica ni por su adscripción a una corriente pictórica, sino por su fuerte originalidad; en palabras de Diego Rivera: "poseían una sinceridad plástica fundamental y una personalidad artística propia"
[ 10 ] .
En 1938, la artista escribió: "He sido capaz de hallar una forma personal de expresarme en la pintura, sin que me empujara prejuicio alguno"
[ 11 ] . Consecuencia inevitable de su arrinconamiento doméstico, los motivos de sus pinturas son extraordinariamente limitados: se reducen sobre todo a ella, a su
yo . A diferencia de la experiencia pictórica a la que invita la obra de otros artistas, la de Frida Kahlo parece redirigir la mirada del espectador no de regreso a la realidad de referencia, sobre la cual establecer una dialéctica comparativa, sino que obliga al espectador a fijar su atención sobre la artista misma.
La quimera
Recoge Plinio el Viejo en su
Historia Natural que la pintura fue una invención femenina: la joven hija del alfarero Butades Sicyonius dibujó sobre un muro el contorno de la sombra del rostro de su amado cuando éste se alejaba. A su manera, Frida inventó su pintura para acompañar su soledad de niña enferma y coja: Debo haber tenido seis años cuando viví intensamente la amistad imaginaria de una niña de mi misma edad más o menos. En la vidriera del que entonces era mi cuarto y que daba a la calle de Allende. Sobre uno de los primeros cristales de la ventana echaba vaho y con el dedo dibujaba una "puerta". (Aquí Frida dibujó la ventana) Por esa "puerta", salía en la imaginación con gran alegría y urgencia (...) Cuando ya regresaba a la ventana, entraba por la misma puerta dibujada en el cristal (...) Desdibujaba la "puerta" con la mano y "desaparecía"
[ 12 ] .